La antipolítica de los perdedores; por Víctor Maldonado [@vjmc]

Dice Clausewitz que la guerra no es otra cosa que un duelo amplificado en la que cada parte pretende, por la fuerza física, someter al otro al cumplimiento de su voluntad; su fin inmediato es derribar al contrincante e incapacitarlo para ulterior resistencia. La guerra es por ende un acto de violencia que persigue obligar al otro a acatar lo que nosotros queremos hacer. En las guerras no hay espacio para la negociación, tampoco para la estructuración de los consensos. Es el planteamiento frontal en el que la inteligencia debe estar al servicio de la fuerza, ya que no hay margen para dominarla.

La estrategia china plantea otra cosa. Las mejores batallas son aquellas que se ganan sin haberlas comenzado. Sun Tzu lo propone como parte de su estrategia ofensiva: “Ganarle al enemigo sin luchar es la suma de las habilidades”. ¿Cómo se puede lograr una victoria sin pasar por la tragedia de las batallas? Atacar las estrategias del enemigo, obstaculizar sus planes, desbaratar sus alianzas, desmoralizar a su ejército y practicar la paciencia para hacer lo debido en el momento apropiado.

La mezcla entre ambos estilos es fatal. Porque lo que están bosquejando los estrategas de la guerra es que es posible plantear un conflicto en el que ocurra una escalada a los extremos. Que la demostración de fuerza y la práctica de la descomposición moral del adversario concurran en un proceso que supere la intención hostil y provoque la decisión razonada de combatir. En otras palabras, dadas las circunstancias, ambas partes pueden llegar a sentir tanto odio recíproco como para creer que no hay límites éticos para la aplicación de la violencia en el intento de destruir al adversario. Desarmarlo para volverlo indefenso en la misma medida que se despliegan las propias fuerzas son los atributos facticos de los que se apoyan en la antipolítica. Porque la política es lo contrario. Es el arte de convivir pacíficamente los que son diversos. Es el acatamiento a las reglas del juego, entre ellas, el reconocimiento de los derechos a gobernar del que gana en buena lid, la renuncia al uso de la violencia y la espera paciente por la alternativa. La política no concibe perdedores netos. La antipolítica asume que el mejor resultado es la destrucción del otro. La política necesita la vigencia serena del pluralismo. La antipolítica se escandaliza por las diferencias y busca aplastarlas. La política se mueve dentro de límites pactados institucionalmente. La antipolítica no tiene respeto por los límites. Al final son capaces de ser todos ellos parte de la tierra que arrasaron y no les importa.

¿Por qué hablar de guerra en estos momentos? Porque vivimos la experiencia de la antipolítica de los perdedores. El gobierno perdió por un gran margen las elecciones parlamentarias. Pero lo que hemos visto en los cuarenta días siguientes ha sido una escalada de la antipolítica. Acataron pero no aceptaron. Reconocieron pero no están dispuestos a actuar conforme a los resultados. Modificaron leyes, designaron magistrados, violentaron sus propios procedimientos, inventaron procesos judiciales y se mostraron capaces de arrebatar cuatro de los diputados. Desplegaron sus fuerzas y actuaron conforme a lo que han sido siempre: malos perdedores e incapaces de honrar las reglas del juego que ellos mismos instrumentaron.

Como no son mayoría entonces proceden a degradar la majestad del parlamento. Se escandalizan porque retiran los pendones alusivos a la antigua hegemonía e invalidan al parlamento al sabotear los debates. En los alrededores turbas remuneradas se dedican a amedrentar a los parlamentarios mientras la fuerza pública se muestra imperturbablemente indiferente. Botellas, tomates, huevos y piedras son lanzadas como parte de lo que parece que va a ser la conducta de la calle tarifada. En tanto Diosdado Cabello advierte que el coronel de la GNB al mando del contingente de resguardo no va a obedecer las instrucciones de las autoridades recientemente electas. El juego de la violencia que va escalando esta apalancando la antipolítica practicada por los que ya no tienen respaldo popular.

Porque mientras esa es la conducta del gobierno la gente está en otra cosa. Tratando de resolver el pan de cada día. Tratando de evitar que la inflación no los desguace. Tratando de conseguir de alguna manera aquello que no está disponible. Atajando las consecuencias del desempleo inminente e intentando comprender cómo hemos llegado hasta aquí. La indiferencia popular, o si se quiere, el que el pueblo no pueda estar atentos a esta escalada de violencia es una fragilidad de la antipolítica. No despierta pasión. Resultan huecas de valoración popular. Ni siquiera en el caso de la retirada de los íconos de la revolución, ni porque de inmediato hayan ido a invocar al frío ocupante del cuartel de la montaña. Tampoco porque el alto mando militar haya improvisado el desagravio que probablemente les ordenaron. Mucho menos porque designaron un nuevo gabinete –el más inconexo de los últimos dieciséis años- o porque prometieron un periodo de emergencia económica para resolver la crisis. Nada conmueve la indiferencia popular. Ninguna de sus estratagemas mueve al desborde pasional del pueblo.

¿Qué les queda entonces? La estrategia de la violencia convertida en la gramática principal del régimen. Y la necesidad de negociar. No hay guerra que se pueda ganar sin la influencia moral de sus líderes. No hay posibilidad de victoria sostenible con el descrédito internacional y el registro en tiempo real, a través de la prensa libre, de todas las fechorías que intentan. Tal vez porque a la mezcla de la antipolítica comandada por la trinidad parlamentaria, compuesta por Diosdado, Carreño y Jaua, les falta dos atributos que eran muy caros al arte de la guerra china: sobriedad y paciencia. Estos practican la antipolítica con desenfreno juvenil. ¿Qué les queda? Intentar negociar un nuevo status quo. La negociación tiene por qué ser un recurso elegante. Se negocia el mutuo reconocimiento a partir de la estimación de cada una de las fuerzas y de los respaldos que cada bando tiene. Con la indiferencia interna y la precaución internacional es difícil practicar impunemente la antipolítica. La medida de esta dificultad es la advertencia de Almagro sobre su obligación de invocar la cláusula democrática. Clausewitz decía que la guerra se podía ganar si se contaba con la pasión incondicional del pueblo, la estrategia adecuada e indemne la capacidad para construir entendimientos. Ya dijimos que no hay pasión de su lado. Y es obvio que la estrategia del “diosdadismo parlamentario” no parece estar alineada con la tercera condición. En ese sentido la estrategia está carcomiendo las bases de cualquier negociación ulterior. Los estrategas lo han asumido como si se tratara de una guerra entre pranes y no la consecuencia de asumir y validar las reglas del juego de la política. No parece haber un solo gobierno sino facciones que pugnan por imponer sus propios puntos de vista. Empero, no queda otra que negociar para evitar la debacle de la violencia llevada a los extremos de una guerra civil.

El exhibir paciencia china no significa rendición sino recalculo. La unidad tiene que seguir siendo compacta. La moderación y tolerancia entre los líderes tiene que seguirse practicando. Las decisiones deben ser acatadas sin resentimientos infantiles. Y la agenda debe seguirse al pie de la letra. El foco debe ser la realidad y las formas de significar políticamente que todas las desventuras tienen la misma causa: un mal gobierno. Y que todos tenemos el derecho legítimo de intentar un cambio sin violencia y sin que la antipolítica sea la ventolera que nos arrebate las esperanzas. La pugna sigue siendo entre la violencia y la verdad. Ojalá que esta vez gane definitivamente la verdad.

 

@vjmc

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Acerca de Towelto Leña 3.0

Irreverente, liberal, crítico, inconforme, opinador por vicio y oficio, ateo de ideologías engañabobos derivadas del vómito cerebral de Karl Marx.

Publicado el 15/01/2016 en Opinión y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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