Un improbable encuentro en la ruta al RR; por Vladimiro Mujica

El fantasma del caos y la violencia de un Estado fallido se insinúa cada vez con más fuerza en el escenario venezolano. A la polarización del país, que genera un ambiente permanente de confrontación, hay ahora que añadirle el malestar de la población frente a lo que se ha convertido en una rutina espantosa de penurias y humillaciones para sobrevivir. Este malestar inocultable está conduciendo a la deshumanización de la gente y a la aparición de manifestaciones horrendas de respuestas colectivas, como los linchamientos y los saqueos, que se suceden en alarmante crecimiento. Es imposible no ver el abismo de una tragedia anunciada que se presenta amenazante ante nuestros ojos.

La manifiesta incapacidad del gobierno para manejar la crisis económica y social, aunado a la decisión de la oligarquía chavista de mantenerse a todo evento en el poder, así sea arrastrando al país a un despeñadero de consecuencias imprevisibles, obliga a meditar sobre alternativas políticas que hasta hace poco habrían resultado impensables para intentar prevenir una espiral de violencia que puede terminar por arrasar con cualquier posibilidad pacífica y constitucional de salir del atolladero en que se encuentra Venezuela. Contrariamente a la tesis que defiende las virtudes del sacudón generado por la desesperación del pueblo, el caos, la violencia y la anomia pueden terminar por no favorecer a las corrientes democráticas sino a las fuerzas más oscuras y extremistas del chavismo. La arrechera popular sin direccionalidad política y sin organización no debería ser contemplada como catalizador de ningún evento positivo y puede terminar por sumar a las penurias de los venezolanos un número de muertos cuyo sacrificio sería no solamente completamente inútil sino profundamente contraproducente para la causa de la libertad.

La estrategia de la oposición democrática se ha ido decantando, acertadamente, hacia las salidas constitucionales y el pulso electoral con el gobierno. Una conducta en buena parte resultado de presentarse como una fuerza unida, y que condujo a una victoria contundente en las elecciones de diciembre para la AN. De forma creciente se ha ido también comprendiendo que una estrategia puramente electoral es insuficiente frente a un adversario artero y que no respeta las reglas del juego democrático. Ello se ha ido traduciendo, aunque de manera insuficiente, en presencia de calle y en la combinación del juego electoral con la protesta ciudadana. Asimismo se ha desplegado un sólido esfuerzo en el ámbito internacional, que se ha traducido en un cambio importante en la percepción del mundo sobre Venezuela y el carácter autoritario del gobierno. Pero a pesar de todos estos avances seguimos adoleciendo de una carencia muy importante: ¿Cómo acercarnos al sector descontento del chavismo que entiende que el gobierno de Maduro está conduciendo no solamente a la pérdida de la revolución sino literalmente arrasando con la nación en una vorágine de corrupción e incompetencia?

Estoy consciente de que la pregunta que dejé abierta en el párrafo anterior es anatema para muchos opositores que acarician la ilusión restauradora de que es posible regresar a una especie de Venezuela idílica, que en verdad nunca existió, donde el chavismo haya sido erradicado. En términos dolorosamente realistas, el país que nosotros conocimos hace dos décadas en buena medida ya no existe y habrá que repensar otro donde quepamos todos los venezolanos. Yo creo que es necesario admitir que el chavismo como fenómeno social, político y cultural, tiene apoyo popular y que va a seguir siendo un movimiento político importante en cualquier esquema de nuevo país que se arme.

De muchas infortunadas y complejas maneras, el populismo autoritario representado en Venezuela por el chavismo y en Argentina por el peronismo, es como una suerte de virus en el cuerpo democrático de la sociedad que muta y se transforma para sobrevivir. E ignorarlo puede ser suicida. En este terreno la comparación con el caso argentino no es ociosa. El peronismo fue capaz de mutar para acomodar desde la ultraizquierda montonera a la derecha y la apertura democrática que hoy existe en Argentina solo se materializó cuando se produjo una escisión interna del peronismo. En Venezuela, tal parece que hemos llegado a un punto de inflexión en el cual es necesario abrir una zona de contacto con el chavismo descontento para seguir avanzando en el camino al referendo o hacia cualquier otro escenario de salida constitucional a este desastre, como por ejemplo la realización de las elecciones de gobernadores.

No está del todo claro de donde puede surgir ni en el mundo opositor ni en el chavismo la sutil e importante variación de lenguaje y conducta que permita comenzar a concebir una visión realista y compartida del país que se puede rearmar después de esta hecatombe de inmolación nacional. Si se me permite la atrevida comparación con el caso de Nelson Mandela, quien después de décadas en prisión salió a convencer a su propio partido de que la nación surafricana no tenía futuro alguno sin los blancos, sería paradójicamente Leopoldo López quien en prisión y como líder de uno de los grupos políticos más perseguidos, mejor podría encarnar esta visión. Del lado chavista van surgiendo voces importantes como la de Marea Socialista y representantes del ala militar dura del chavismo original que se han visto compelidos a apartarse del desastre del gobierno madurista y que cada vez están hablando con más ímpetu del RR como una manera, por increíble que parezca, de preservar el legado de Chávez. La diferencia esencial entre ellos y la oposición al apoyar el RR es que los unos creen que el legado del Comandante Chávez es bueno y que Maduro lo ha traicionado, mientras que los otros están convencidos de que la génesis del desastre de Maduro está en las políticas y el modelo chavista. Las complejidades de la política de un encuentro improbable en la ruta al RR.

Hoy más que nunca es indispensable contar con una dirección política, mucho más allá de una alianza electoral, que evalúe la complejidad de la nueva situación en que se encuentra el país y diseñe una estrategia para continuar avanzando con realismo la causa de la democracia y la libertad, La estrategia del gobierno es confrontar, castrar a la AN y provocar en medida creciente una situación de caos y violencia en que la oposición democrática lleva todas las de perder, especialmente en el escenario del así llamado sacudón popular. El libro de David Placer “Los Brujos de Chávez” menciona un último conjuro que habría que romper como único recurso para acabar con la presunta pasividad del pueblo venezolano. Esperemos que la racionalidad política, aún en tiempos de crisis, y especialmente en tiempos de crisis, haga innecesaria la materialización de este simbolismo.

Vladimiro Mujica

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Acerca de Towelto Leña 3.0

Irreverente, liberal, crítico, inconforme, opinador por vicio y oficio, ateo de ideologías engañabobos derivadas del vómito cerebral de Karl Marx.

Publicado el 19/05/2016 en Opinión y etiquetado en . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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